
La parte final de mi etapa en el bachillerato (Zitácuaro, Michoacán) fue angustiante por la necesidad de elegir una carrera. Los motivos son diversos y destaco dos:
a) Las condiciones socioeconómicas en que vivía, no del todo mal pero no tan buenas como para elegir estudiar en una universidad de otro estado o incluso ciudad dentro del mismo.
b) La orientación que me daban en cuanto a ‘elige lo que te guste más’, o ‘elige lo que mejor haces’. Era un alumno destacado, así que podía elegir todo, según el panorama que me pintaban con esas recomendaciones.
El problema socioeconómico parecía ser superado en cuanto a las colegiaturas, pues se me ofrecieron becas por parte de varias universidades públicas y privadas (incluso de prestigio). Por otra parte, el problema de la elección, que es fundamental, seguía ahí. Finalmente opté por la recomendación de mi madre y mis tíos (por parte de mi familia materna soy el primer nieto, de modo que todo mundo estaba al pendiente): ir al Estado de México y cursar la Normal. Uno de mis tíos laboraba en la Escuela Normal de Santa Ana Zicatecoyan, la misma en que presenté mi examen de admisión en la Licenciatura en Educación Secundaria con Especialidad en Español.
Aunque me estaba preparando para trabajar en secundaria, se me dijo desde el principio que lo más probable es que terminaría trabajando en una primaria, o incluso en un preescolar. La política de asignación de plazas a todos los egresados, misma que se ha modificado un poco, era lo que realmente parecía favorecerme. Encontré que los estudios eran demasiado fáciles (cosa que en gran parte me hacía parecer arrogante ante los demás compañeros y algunos de mis maestros).
El resto fue continuar ahí y egresar. Fue como ‘me decidí a ser maestro’. La parte más importante de mi formación la atribuyo a haber tomado la decisión de estudiar una maestría (2 años después de egresar y cuyo trabajo recepcional tengo que concluir ya), pues fue cuando realmente sentí el compromiso con la educación como ente, con los alumnos y conmigo.
Mi servicio en la docencia inició el día 16 de agosto de 2003, y en el nivel de bachillerato en 1 de diciembre de 2005. Desde el primer día sentí un fuerte compromiso y responsabilidad, pues me parece que cualquier cosa que haga o diga puede poner en entredicho mi profesionalismo. Aun así traspaso algunas reglas y lo hago deliberadamente, siempre previendo las consecuencias. Mi actual propósito es madurar en ese sentido y cuidar más mi imagen. Ya no creo que ser profesor es una ocupación como cualquier otra: es prestigiosa en sí misma y la gente, aunque no se da cuenta de que estás ahí cumpliendo con tu función, te mira cuando tienes el mínimo desliz.
Los alumnos se comentan todo, no puedes estar al margen de ello, pues así como la dirección es panóptica en la escuela (Foucault), el alumnado y los padres lo son en la sociedad (no sin el apoyo de un poco de paranoia en ambos casos, claro). Los alumnos de bachillerato en particular se pueden volver importantes aliados o adversarios. Prefiero seguir viéndolos como alumnos y apoyarlos en lo que pueda. No soy muy viejo y ello me hace menos experto que mis compañeros de trabajo, de modo que no me considero un buen consejero, pero en sus tareas les apoyo cuando dispongo del tiempo y los medios.
En la prepa trabajo con alumnos que están por convertirse en ciudadanos y por ello considero que ser su profesor es algo importantísimo, que debo hacer las cosas con neutralidad política y promover en ellos el pensamiento crítico acerca de su situación y la del país. No es mi intensión formar revolucionarios y anarquistas, sino gente consciente de sus acciones, tanto en posturas activas y pasivas en el ejercicio de sus derechos, tanto si dirigen o son dirigidos. Los alumnos de este nivel tienen también un criterio más desarrollado y los argumentos que se les presenten deben estar bien fundamentados. No es, en definitiva, una profesión fácil. Se obtiene prestigio y a partir de él quiero lograr otras metas en mi vida, como dedicarme de lleno a la investigación educativa. Siento que eso llegará y que es cuestión de constancia y tiempo.
Como parte del trabajo se tienen sinsabores y recompensas, entre los primeros están las limitaciones que tengo para desarrollar clases que sean dinámicas y atractivas para los alumnos, los resultados de algunas evaluaciones y la impaciencia que a veces me viene y trato de ocultar. En cuanto a los segundos, también tengo días en que salgo satisfecho del aula, ocasiones en que soy el único que cumple con las comisiones que se nos asignan, el trato con los alumnos (se me está acabando la enumeración presente), el trato cordial con la gente de la comunidad en que trabajo y de la villa en que vivo. Considero justo mencionar que no figuran entre los motivos de satisfacción la innovación en mi práctica, los excelentes indicadores académicos o la constante actividad extra brindada de manera voluntaria al plantel, pues son cosas que no poseo.
En ocasiones he accedido a apoyar a los directores en su trabajo (lo que en términos de honestidad equivale a decir que he hecho el trabajo que a ellos y sólo a ellos les corresponde), pero es más bien un motivo de insatisfacción, pues es solaparlos. Un motivo de satisfacción extra es el hecho de que no he rogado por algún beneficio o por pertenecer a un plantel, sino que por diversos motivos me han requerido, aunque sé perfectamente que no soy lo mejor que hay.
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