sábado, 13 de junio de 2009

La otra cara de la democracia


Los ciudadanos son los que eligen a sus representantes en el poder legislativo y ejecutivo; los representantes que son nombrados ejercen el poder y toman decisiones importantes. Si al pueblo no le gusta la actuación de sus autoridades, pueden cambiarlas en las elecciones más próximas. Sin embargo hay casos en los que el fanatismo por un partido político va más allá de lo racional y la gente asume al partido como si fuese parte de ellos, algo muy parecido a una religión.

Si el partido en cuestión ha obrado mal pero tiene seguidores incondicionales y carentes de pensamiento crítico, la razón para funcionar como un partido decente no existe: un partido político se esfuerza por hacer las cosas bien y así poder mantener de su lado a los electores. Existen múltiples ejemplos en los que la gente no tiene memoria ni conciencia; vota por el mismo conjunto de caciques que los ha gobernado durante décadas y festejan eufóricamente sus triunfos pese a que nunca se les entregue cuentas de nada.

En un clima como el anterior, la democracia no existe; es una cortina de humo que le da legitimidad a gente prepotente y acostumbrada a vivir de los impuestos de los ciudadanos: “la democracia es la máscara de los tiranos”, decía Oscar Wilde.

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